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La Prensa   La Paz - Bolivia Edición de Octubre 26, 2003

SOCIEDAD

Hay cosas que no se perdonan ni siquiera en el fragor de una guerra. Hay muertes que duelen más que las otras. La memoria de los inocentes no se la llevará el tiempo, quedará como testimonio del horror que nunca debió desencadenarse.

La ceguera de los gobernantes y la ceguera de las balas se llevó la vida de niños y niñas en una vorágine de sangre.

No se conoce un dato oficial sobre el número de niños que murieron en el conflicto social entre septiembre y octubre, pero las historias que se esconden detrás de cada niño muerto hacen que cualquier número sea decididamente intolerable.

Herodes anduvo suelto en los Andes
http://166.114.28.115/20031026/ciudad/ciudad01.htm

26-10-2003
Representación: Álex fue herido mientras observaba desde su terraza; al fondo se ve el puente Bolivia

Abdel Padilla

"Mi Eva, te perdono", fueron las primeras palabras que Álex pronunció al amanecer del sábado 11 octubre.

"¿Será un mal sueño?, ¿de qué me perdona mi hijo?, ¿de qué un niño de cinco años?", pensó, confundida, la madre.

Nunca lo supo. A las seis de la tarde de ese día, Álex murió en sus brazos. En los brazos de "mi Eva", como la llamaba.

Día negro

La jornada del sábado fue la más pesada de la semana en El Alto.

Un número aproximado de cinco mil personas, vecinos de la avenida 6 de Marzo, Santiago

Segundo y Carmen Pampa, amanecieron apostados en los alrededores del Complejo de Senkata para impedir la salida hacia La Paz de 11 cisternas con diesel y gasolina.

Durante las primeras horas de la tarde y a cinco kilómetros de Senkata, Eva Mollericona participó, junto a sus vecinos de Rosas Pampa, en el entierro de Ramiro Vargas, por cuya cabeza, el jueves, atravesó un proyectil calibre 38 expulsado de la pistola del guardia de la Zona Franca, cuando -aseguró el entonces Ministro de Salud- el joven de 22 años intentaba "ingresar por la fuerza" a ese lugar.

A las 17.20, cuando Ramiro yacía ya bajo la tierra, partió desde Senkata el primer camión cisterna fuertemente escoltado por los hombres del Batallón Blindado número 1.

Casi a la misma hora, Eva retornaba a la casa número 3 de la calle 33 de Rosas Pampa, donde vivía con sus padres y Álex, su único hijo.

Cerca a las seis de la tarde, y luego de superar un primer enfrentamiento con los vecinos, la cisterna llegó al puente principal de la avenida Bolivia.

Esta vez los vecinos no cederían.

La violenta resistencia fue respondida por los uniformados con gases, balines y ráfagas de ametralladoras.

"Los heridos están tirados como ovejas...", graficó una mujer a los minutos de haberse iniciado la refriega.

El puente, escenario improvisado de la guerra, fue el centro de atención de un espectáculo que nadie se perdería.

Las ventanas, las terrazas o los techos, cualquier lugar era bueno mientras se esté prudentemente alejado.

Así pensó Eva, quien, presurosa, subió las 15 gradas irregulares hacia su pequeña terraza. Le siguieron sus padres y sus tres hermanos, entre ellos un ex conscripto.

El último en subir, como olvidado por los mayores, fue Álex, quien para alcanzar la pared de la terraza, de medio metro de alto, debió subirse sobre un ladrillo.

A las seis de la tarde el humo blanco de las granadas de gas lacrimógemo se convirtió en neblina. En ese instante una bala anónima y cobarde silvó cerca del ex conscripto

Silencio...

Un destello y enseguida un quejido dirigieron la mirada de Eva al suelo.

Angustia...

Álex yacía tendido con la sangre brotando por delante y por detrás. La bala ingresó por la boca y salió por la nuca. La muerte fue casi instantánea.

Los intentos por detener el río de sangre que salía de la cabeza de Álex fueron insuficientes.

"Ayúdenme, mi hijo se muere".

Sin un solo auto que pase por la calle de tierra, Eva, con el niño en brazos, y los suyos corrieron en busca de un centro médico. El más próximo era el Hospital Corazón de Jesús, en la zona del Kenko.

En el camino se toparon con los militares. "Miren lo que me lo han hecho", reclamó el abuelo de Álex.

"Perderse", respondió el soldado.

La impotencia se apoderó de la familia. Eva imaginó lo peor.

Ya no había nada que hacer. Álex Llusco Mollericona, el primer y único hijo de esta madre soltera de 24 años, había fallecido.

Los recuerdos desordenados bombardearon su mente. Risas y travesuras; el arroz con leche, su plato preferido; su canción preferida, la de Agua Bella; sus juegos y su último dibujo.

"¿Qué vas a ser cuando seas grande?", solía preguntar Eva.

"Un gente", respondía el niño, de quien -recuerda su madre- sorprendía cómo pensaba. "Parecía mayor", dice.

"Mi Eva" -reclamaba Álex- "tenemos que ahorrarnos para comprarnos una cocina para nosotros solitos".

Dos cosas no le gustaban. Que lo vean dibujando o haciendo sus tareas, y que lo llamen Álex Llusco. Para su madre y para todos él era Álex Mollericona. Sabía que no tenía padre, pero quería tenerlo.

"Cada que veía a Javier Encinas en la televisión, él decía que era su padre", recuerda Eva.

Cómo olvidar que a sus cinco años ya ayuda a preparar empanadas, las mismas que Eva vendía en el anaquel de un colegio. Cómo no recordar sus chistes preferidos.

"Miau...go, miau...go, dijo el gato. Muuérete, muuérete, dijo la vaca. Vee..., vee... te he dicho, dijo la oveja. Quíquiris que haga, dijo el gallo".

El mínimo detalle viviendo en el cuarto, la casa a donde nunca más volverá.

"Cómo hago para olvidar, he cambiado las cosas del cuarto, he quemado todas sus cositas... quiero destrozar esa terraza. Ya no es lo mismo, ya no puedo vivir", se lamenta Eva.

"¿Qué es esto?, ¿acaso era su destino?", pregunta.

"Nunca debía pasar, ¿cómo un niño va a morir con bala?", sentencia mientras observa detenidamente el último dibujo de Álex, que trazó horas antes de su muerte.

"Cuando me mostró el dibujo yo creía que era un gusanito, pero él me corrigió, me dijo que hay que verlo al revés", termina.

Al revés el gusanito parece -es una opinión personal- un camión militar repleto de soldados, cómo los que dispararon en el puente Bolivia el sábado 11 de octubre a las seis de la tarde.

Ni siquiera pudo nacer

Como Álex Llusco, alrededor de cinco niños fallecieron entre septiembre y octubre como consecuencia de la convulsión social, la mayoría heridos de bala.

Entre ellos hay uno o una a quien ni siquiera se le permitió nacer.

Muerte prematura

La muerte de doña Teodosia Morales (39) cuenta por dos. Como muchas personas, fue víctima de un conflicto en el que no participaba.

Fue herida el domingo 12 de octubre en la casa de su hermana, en la avenida 6 de Marzo de El Alto, poco antes de comer un apthapi. El proyectil atravesó uno de sus riñones y salió por su abdomen. "Sorprendentemente", como cuenta una de sus sobrinas, no se desangró, por lo menos no de inmediato.

Echó, en cambio, un líquido blanco. Antes que la herida se tomó el vientre, cuidando al que sería su octavo hijo.

La intervención médica no fue oportuna, ni para ella ni para el nuevo ser.

Falleció en el Hospital Juan XXIII, el lunes 13.

"La han operado, pero no nos han devuelto al chiquito, dice que primero tienen que estudiarlo", lamenta Teófilo, el esposo de doña Teodosia, reclamando por el cuerpo de su octavo hijo.

El mismo día en que fue herida doña Teodosia, el 12 de octubre, murió Kevin Colque Huanca, de dos meses.

Contradictoriamente, fue su propia madre quien lo hirió al caer sobre él mientras escapaba de los gases lacrimógenos y las balas, en Villa Ingenio.

Libertad Bolivia

Libertad Bolivia nació el 1 de octubre en La Paz, dos meses antes de lo previsto.

Pasó algunos días en la incubadora y durmió una semana en la Terminal de Buses, donde fue bautizada por más de una centena de pasajeros que quedaron atrapados en La Paz debido al conflicto social.

Entre estas personas, los padres de la niña, Grover Alanoca, de 25 años, y Andrée Ledezma, de 23.

Ambos llegaron a La Paz desde el centro minero de Viloco, donde él trabaja desde hace cinco años como minero.

Lo que debió ser una visita relámpago de un día se convirtió en toda una aventura que obligó a los esposos a dejar casi solos a sus otros dos hijos en la ciudad de Oruro.

Libertad Bolivia es, para muchos, el símbolo del cambio, de un nuevo país y de una nueva forma de gobernar.

Marlene Rojas fue la primera en morir
Miguel E. Gómez

"Marlene andá a ver a tu mamá", le dijo su abuela sin saber que esa orden iría a costarle la vida a su nieta.

Al llegar al cuarto con un vaso de agua para su madre, que estaba delicada de salud por haber dado a luz hace tres semanas, no aguantó la curiosidad de asomarse a la ventana y ver por qué habían tantos gritos y disparos en los alrededores.

A los pocos segundos, una bala certera atravesó el cristal y le perforó el pecho. "Atatau... ay...", fue lo último que salió de sus labios.

Marlene Nancy Rojas Ramos falleció el sábado 20 de septiembre, a las 16.30, en los enfrentamientos protagonizados por campesinos y uniformados en la localidad de Warisata. Era la tercera de cinco hijas y estudiaba en la Escuela de Aplicación de Warisata, donde cursaba el 3ro. básico. Además, por su obediencia y responsabilidad, era la mimada de la casa.

Desde las cinco de la madrugada, Warisata se convirtió en un campo de batalla. Sin embargo, desde las 15.00, la sombra de la muerte rondaría por la localidad de la provincia Omasuyos, dejando el saldo trágico de cuatro fallecidos, dos campesinos, un conscripto y Marlene.

"Era muy estudiosa, cariñosa, habladora, entradora, y ella cuidaba de su mamá", recordó afligido Eloy Rojas, su padre, quien hasta ahora no se perdona no haber estado presente en el momento que falleció su niña. Ella exhaló su último suspiro en los brazos de su tío.

"Subí al cerro para ver lo que pasaba, logré ver los dinamitazos y los disparos de gases y balas de los policías y militares. En eso, vino mi hermano a avisarme que mi hija estaba muerta; bajé desesperado y al ver su cuerpo en el piso, lleno de sangre, sólo la levanté y la lleve al patio trasero esperando que pase todo el problema", recordó Rojas.

Marlene falleció a tres kilómetros del centro de los conflictos. Sus padres ahora exigen justicia mientras miran con rabia la bala que segó sin causa la vida de su pequeña.

"Todos los días la recordamos", afirman, mientras acarician a la bebé de tres semanas que se llamará Marlene, igual que su hermana.


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